artigo recomendado


Sergio Simoni Junior, Rafael Moreira Dardaque, Lucas Malta Mingardi. A elite parlamentar brasileira de 1995 a 2010: até que ponto vai a popularização da classe política? Colombia Internacional, n. 87, p. 109-143, maio-ago. 2016 .
O objetivo deste artigo é debater a tese da popularização do perfil social dos parlamentares brasileiros buscando ressaltar que a literatura, ao ignorar a assimetria de poder institucional entre os legisladores, pode apresentar um viés no seu diagnóstico sobre as características da representação política no Brasil.
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31 de agosto de 2009

notas sobre el 18 brumario de Marx y la investigación política de orientación materialista

[Alexander Rodchenko]

Adriano Codato[1]


Norberto Bobbio censuró la obsesión de los marxistas por los textos clásicos del marxismo y por el frecuente “abuso del principio de autoridad”, un mal hábito que los conducía a leer y releer “siempre los mismos libros” para señalar las verdades ya sabidas por la teoría política no-marxista (el problema, viejo como el mundo, del control del poder y de los poderosos por la sociedad, por ejemplo), o para buscar soluciones antiguas e inadecuadas para una controversia importante, mas no superada: la vinculación entre el socialismo y la democracia. A ese respeto, las “famosas, por demás famosas” indicaciones que Marx extrajo de la experiencia política de la Comuna de París fueron ampliamente insuficientes para resolver el problema práctico de las relaciones entre la organización del Estado obrero y la democracia postcapitalista. Para el caso, la invocación de las lecciones de La guerra civil en Francia solamente sirvió como homenaje póstumo o como retórica vacía, que contribuyó, en verdad, para aplazar la discusión de los problemas reales[2].

Aunque no muy distante de la verdad tal vez sea preciso, sin conceder a la escolástica marxista, reafirmar el interés – teórico y político – por un libro clásico, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, e indagar lo que tiene que decir para la Ciencia Política contemporánea, sobre el análisis político, y a propósito del propio marxismo como una teoría de la política y de la sociedad.

No sería arriesgado afirmar que El 18 Brumario puede ser tomado, al lado del Capital y del Manifiesto Comunista, como uno de los trabajos más afamados de Marx – sobre todo cuando el segundo ha cesado, al menos por ahora, de influir en la reflexión contemporánea sobre “la economía”, y el tercero sobre la práctica del movimiento de los trabajadores. El 18 Brumario, al contrario, continúa siendo objeto de admiración, incluso en círculos no marxistas.

Hay sobre ese libro, publicado por la primera vez en alemán en Nueva York, en mayo de 1852 (en el número 1 de un periódico – Die Revolution – que estampaba el curioso aviso: “revista publicada sin periodicidad”), una extensa reputación francamente favorable.

No es difícil recoger, delante del “trabajo genial”[3] de Marx, evaluaciones altamente positivas, y probablemente mucho menos parciales que la de Engels. Para Isaiah Berlin se trata de “un brillante análisis del papel del Estado francés” basado en un “estilo [...] luminoso”[4]. El propio C. Lévi-Strauss confesó una vez que era “raro [intentar] resolver cualquier problema de sociología o de etnología sin, antes, estimular [la] reflexión con algunas páginas de El 18 Brumario de Luis Bonaparte o de la Crítica de la Economía Política”[5].

El libro, como la mayor parte de los textos políticos de Marx, tiene una historia accidentada y una reputación tardía. Fue escrito, en la forma de siete artículos, entre diciembre de 1851 y marzo de 1852, a partir de la solicitud de Joseph Weydemeyer para un semanario político norteamericano cuya edición fue suspendida en el número 2 por razones económicas.

Después de ese primer fracaso, El 18 Brumario, cuyo texto Marx pensó ofrecer al New York Daily Tribune, fue publicado por primera vez gracias a la colaboración de varios amigos entre ellos un sastre, emigrado de Frankfurt a Nueva York, que invirtió su economía en el proyecto, en la recién creada revista de Weydemeyer Die Revolution. El tiraje de ese primer número – cuyo título figura erróneamente como “Der 18te Brumaire des Louis Napoléon” – quedó entre 500 y 1000 ejemplares. En julio de 1852 Marx recibió sólo tres ejemplares y en octubre otros 130, que en función de la censura política tendrían una divulgación bastante precaria y clandestina en Alemania[6].

Reiterando una pregunta aparentemente indiscutible: ¿se puede aún leer Marx? Y, en la línea de la pregunta propuesta por Claude Lefort a propósito de un texto mucho menos celebrado hoy en día – el Manifiesto Comunista[7]: ¿se puede aún leer El 18 Brumario de Luis Bonaparte?

Si el impacto del libro sobre la comunidad académica ha disminuido progresivamente desde 1980 (como, del resto, del marxismo en general), son innumerables los estudios hechos sobre ese texto de Marx y, tal vez más significativo, innumerables las interpretaciones que él suscita.

Una enumeración nada exhaustiva de esos análisis, a partir de abordajes e intereses muy diversificados, incluiría temáticas bastante singulares tales como: la aproximación, propuesta por Petrey, entre El 18 Brumario de Luis Bonaparte y El Coronel Chabert, de Balzac, para pensar el lugar y la función de los mitos colectivos y de las ficciones ideológicas[8]; la crítica de Bovenkerk a la preconcebida insistencia de Marx (y de Engels) en relación al papel contra-revolucionario del lumpen-proletariado[9]; el descubrimiento de Rose de que la preocupación ostensible de Marx con Napoleón III encubriría, en la verdad, una crítica tácita a la política de Federico Guillermo IV de Prusia[10]; o aún la clasificación de Riquelme del estilo del libro – “comedia-drama”– como un artificio formal para volver a crear simbólicamente la Historia[11].

En la actualidad, la importancia y el provecho de la lectura de este texto residen, a mi criterio, en tres aspectos complementarios y que implican tres áreas diferentes:

En primer lugar, para la ciencia política contemporánea.

Cuando se inventaría la lista de temas presentes o sólo sugeridos en El 18 Brumario – desde el más general: el de la relación entre la política y la sociedad, hasta los más específicos: la representación política (sean sus aspectos simbólicos, sean sus aspectos efectivos): el ascenso de la burocracia, el pretorianismo político; las motivaciones no-económicas de la acción; la evolución/transformación de un régimen político, etcétera[12] – resalta que la “agenda de investigación” dominante de la disciplina, o simplemente ignora las reflexiones complejas sobre esos problemas y las soluciones propias de esos problemas, o dialoga con una versión del “marxismo” del todo extraña a la sofisticación y sutileza (pero también a las ambigüedades y a las complejidades) de las ideas de Marx y Engels sobre la política.

La dificultad más sintomática de ese olvido sistemático se refleja en los estudios de las “instituciones” y, más exactamente, en su entronización como una variable explicativa por excelencia, lo que ha conducido a una indiferencia creciente por la dimensión social de la vida social, por más paradojal que eso pueda ser. En vista de eso, algunos homenajes al libro y al autor (cuando los hay) permanecen puramente rituales y protocolares; y la frase “Es bajo el segundo Bonaparte cuando el Estado parece haber adquirido una completa autonomía de la sociedad [...]. Y sin embargo, el poder del Estado no flota en el aire. Bonaparte representa a una clase [...]”[13], es sólo una frase que evoca el estilo exuberante del libro – y no un principio explicativo que recuerda la utilidad del análisis social de la política y el análisis político de la sociedad.

Se trata finalmente, según la versión corriente, de un “clásico” listo para ser olvidado. Esa actitud es simétrica a aquella “relación tradicionalista con la tradición”[14], como la designa Pierre Bourdieu y reprobada arriba por Bobbio, justamente porque asume inconscientemente un axioma – el papel de las “instituciones” – para convertirlo en presupuesto cuya verdad es demasiado obvia para ser olvidada, y demasiado exacta para ser demostrada.

En segundo lugar, el libro mantiene aún su interés para el análisis de la política contemporánea.

La persistencia, en la actualidad, de ciertos problemas que una lectura menos académica de El 18 Brumario permite ver – sobre todo cuando se considera (para hablar en el lenguaje ideológico corriente) la “espectacularización” de la política (y su traducción “mediática”), la crisis de las formas tradicionales de representación de los intereses políticos (la forma “partido”) o la anteposición de la dimensión nacional de la decisión política (la “crisis” del Estado nacional) – no autoriza, es cierto, a tomarlo por un vademécum del comentarista político. Pero tampoco descarta el interés y la introducción del análisis materialista de la vida política, punto que constituye precisamente, de acuerdo con Engels, el leitmotiv del texto[15]. La comparación que el propio Marx hace de su explicación del golpe del 2 de diciembre con las dos interpretaciones rivales (de Víctor Hugo, Napoleón, le petit y de P.-J. Proudhon, Coup d´Etat) es una buena medida de lo que se quiere decir.

La pretensión de descartar el golpe de Estado del dominio subjetivo y voluntarista de un individuo, pretendidamente dotado de “un poder personal de iniciativa sin paralelo en la historia universal”[16], y explicar ese evento (el golpe) a la luz de un proceso (una lucha de clases), no es una operación trivial. Exige al menos la separación de lo coyuntural de aquello que es estructural; exige poner atención entre lo que es evidente y lo que es disimulado; exige también percibir la diferencia entre lo que es sólo discurso y aquello que es práctica efectiva. Así, la consideración de algunos problemas contemporáneos – el poder (o la ausencia de poder) del Estado; los intereses “egoístas” de la burocracia; las “voluntades” de los electores; la “lógica propia” de los partidos, de los políticos y, en fin, del universo político – podría ser hecha de modo menos simplificado si se atuviese a las causas reales y no a sus efectos aparentes.

Sin embargo, el método empleado en El 18 Brumario obliga igualmente al analista contemporáneo a reconocer la influencia de lo circunstancial sobre aquello que es permanente, de las justificaciones (ideológicas) sobre los intereses (económicos), de las representaciones imaginarias sobre el “mundo profano”[17]. ¿No es precisamente con esa idea – la eficacia simbólica de lo político – que comienza el libro?

Cuando los hombres “se disponen precisamente a revolucionarse y a revolucionar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal”[18]. Y en ese aspecto no necesitamos ir tan lejos: el “18 Brumario” del título señala, irónicamente, esa proyección de lo nuevo en lo viejo. La fecha alusiva escogida por Marx, a partir de la sugerencia de Engels, se refiere al 9 de noviembre de 1799 en el calendario revolucionario francés y marca el día en que Napoleón Bonaparte (el tío) se convirtió en emperador gracias también a un golpe de Estado[19].

Un comentario adicional: frecuentemente en los famosos “análisis de coyuntura”, se apela más al carácter alegórico del lenguaje empleado por Marx (la serie infinita de metáforas, metonimias, sinécdoques) que al sentido preciso de ciertas nociones o ideas, forjadas para comprender un proceso político concreto, que posee el discurso marxiano. Una variante de ese procedimiento formalista es tomar las analogías entre situaciones (el régimen “bonapartista” y el régimen “militar”, por ejemplo) por explicaciones completas.

Por último, el libro mantiene su interés en la teoría política marxista, clásica y contemporánea.

El 18 Brumario Luis Bonaparte es el retrato de una situación histórica única –los conflictos de la II República en Francia entre 1848 y 1851- por medio de la exposición sistemática de un “conjunto innumerable de fuerzas que se entrecruzan”[20] para producir un resultado concreto: el golpe del 2 de diciembre. Sin embargo, la exposición de esa dinámica política peculiar no es solamente descripción; quiere expresar relaciones significativas entre los acontecimientos políticos, ideológicos, sociales y las condiciones económicas en general. Del mismo modo, al determinar la génesis de la “dictadura de Bonaparte”[21] (18 Br., p. 524), Marx termina por indicar no sólo cuáles son las instituciones que constituyen ese régimen político en particular (las “idées napoléniennes”), sino también el modo de funcionamiento del propio Estado capitalista: una “máquina […] consolidada” y aparentemente opuesta a la “sociedad civil” [22] (18 Br., (18 Br., p. 535 p. 532).

Todavía, las múltiples dimensiones teóricas de la obra sugieren que sería superfluo simplemente ejercitar un comentario erudito sobre la política europea del siglo XIX para encontrar factualmente, frente al “caso francés”, dónde Marx acertó, y dónde erró.

Un camino más productivo, ya recorrido por varios autores, enfatizó que la lectura del libro permitiría al marxismo avanzar en muchas direcciones nuevas: en el desarrollo de una teoría del Estado capitalista (contraria al “instrumentalismo”); en la reformulación de una teoría de la ideología y de las superestructuras culturales en general (contraria al “mecanicismo”); en la comprensión del problema de las clases sociales (contraria al “economicismo”), etcétera.

La interpretación de J. Maguire, por ejemplo, estableció que sería un error afirmar que, para Marx, todas las motivaciones de la acción política son exclusivamente “económicas”; la de N. Poulantzas indicó que habría ciertas nociones políticas (“conceptos en estado práctico”) presentes en El 18 Brumário de Luis Bonaparte indispensables para formular (y no simplemente extraer) una teoría marxista del Estado capitalista; la lectura de R. Miliband a propósito del fenómeno del “bonapartismo” profundizó la comprensión de los regímenes dictatoriales[23]. Y así sucesivamente.

Hay aún una otra posibilidad de explorar el libro.

¿Por qué no llevar el texto hacia su propia tradición? Es posible que un programa de investigación útil pueda, además de comprender la obra en sí misma (que implica tomar El 18 Brumario de Marx en cuanto texto), o extraer del libro un tipo especifico de análisis político, referente a la coyuntura histórica francesa de la primera mitad del siglo XIX, con miras a la centralidad de la “lucha de clases” como categoría fundante del análisis (que implica tomar El 18 Brumario en su contexto), acompañar, en el libro, la reflexión marxiana sobre la totalidad social, tratando concretamente de la relación entre los niveles constitutivos del modo de producción capitalista, i.e., la relación base-superestructura, para, a partir de ahí, comprender la “teoría” de Marx (que implica tomar El 18 Brumario, finalmente, en cuanto pretexto).

Ese procedimiento permite que se aprehenda el proceso de elaboración conceptual marxiano de los acontecimientos históricos, pero también y principalmente ciertos principios que, desde un punto de vista materialista, tornaron inteligibles los procesos políticos bajo el modo de producción capitalista.



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